El calor de siempre Haz clic aquí para volver a la página de inicio El calor de siempre

EL CALOR DE SIEMPRE AÚN EXISTE

El singular barrio que nos rodea

Al referirme al barrio en donde he nacido, donde he crecido, donde he jugado, donde he aprendido a buscar, a explorar, a correr, a querer, a odiar y a tantas mas cosas que se van grabando en nuestra memoria, al referirme a ese barrio no puedo evitar hacerlo con nostalgia de aquellos arbusto de La Alameda que nos cobijaban en nuestras travesuras o de aquellas paredes desconchadas en donde veíamos anidar las panarras, de esas tertulias nocturnas en las puertas de las casas con las sillas en las aceras e incluso algún que otro sillón para que el abuelo estuviera más cómodo, de los partidos de futbol en medio de la calle que a veces terminaban sin que hubiera pasado ningún coche.


El castillo de la tía Tomasa visto desde intramuros

Incluso alguna que otra leyenda corría de boca en boca por el vecindario, como la de uno de los torreones de defensa de la muralla almorávide, de planta hexagonal llamado Torre Blanca, pues así estaba pintado en tiempo de Peraza (hacia 1535), y también conocido popularmente como el Castillo de la Tía Tomasa, a decir de Alvarez-Benavides (1868), porque una pobre anciana del barrio que hizo de él su vivienda. También relata este autor algunas leyendas relacionadas con esta torre: "En él afirman que vivió el diablo Rascarrabias transformado en figura de mico, y que a las doce de la noche daba tremendos aullidos capaces de aterrar a la vieja más impávida". Allí residió después el terrible duende Narilargo, que apoderándose del local sin otro derecho que el de la fuerza, pasaba de noche por la cima de la muralla y se complacía en apedrear a cuantos entraban y salían por sus puertas. Ese barrio, esa Sevilla la hemos perdido para siempre.

El castillo de la tía Tomasa visto desde extratramuros

Pero bueno, nos han tocado vivir estos tiempos y tendremos que conformarnos, o quizás no. Quizás aún estemos a tiempo de apreciar más a las paredes encaladas que al mármol, a la charla con el vecino que al cotilleo televisivo, a recopilar amigos en lugar de bienes e inmuebles o a discutir el color de un toldo o la situación de una maceta en lugar de denunciarlo mediante nuestro amigo concejal.

Mientras tanto, nuestro barrio nos sigue cobijando, pero no sólo a tí y a mí o a los que son iguales a nosotros, sino a todos.

Y si eres uno de los cientos de nuevos vecinos del barrio, por favor, no intentes cambiarlo a tu gusto, mas bien deja que él te cambie a tí.


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