EL CALOR DE SIEMPRE AÚN EXISTE

La calle Parras

Casi todo el mundo conoce la calle Parras principalmente por la curva que tiene que dar el palio de la Macarena para entrar en ella, pero también fue el escenario de mis juegos de infancia. Jugábamos al futbol utilizando como porterías unas grandes puertas pertenecientes al almacén de maderas de la calle Torres que no se abrían nunca, los antiguos decían que si se abrían esas puertas, a través de ellas casi se podía ver hasta la Alameda. Todas las tardes nos reuníamos entre cinco y diez niños a jugar en la calle Parras al trompo, al coger, a poli-ladro y a cualquier otro juego que cualquiera de nosotros decía haber visto jugar en algún otro barrio de los alrededores.

Otro gran atractivo de la calle era La Bolera, un bar con las paredes cubiertas de fotos y carteles de toreros y un gran patio interior repleto de veladores, un enorme laurel y muchos limoneros con los troncos encalados. Allí se reunía todo el barrio en las noches de verano, disfrutando del pescaito frito y los camarones que allí servían, e incluso llevando las tortillas y los filetes empanados de casa.

En frente de la Bolera había un patio de vecino en donde los niños jugábamos con nuestros Madelmans, buceando en piletas llenas de agua y escalando cajas de cartón como si fueran las montañas que veíamos en las películas del oeste y de Tarzán.

Un poco más delante de La Bolera estaba la Casa de Moisés, ahora es el hotel San Gil, él era el rico del barrio y en su puerta solía haber siempre un Roll Roice, cuyo guardabarros solíamos utilizar los pequeños como tobogán.

Durante las calurosas noches de verano, las aceras más anchas eran ocupadas por los vecinos que sacaban las sillas a la calle, e incluso algún que otro televisor para no perderse el un, dos, tres.

En esta calle nacieron o vivieron algunos vecinos ilustres, entre ellos destacaba, a mi parecer, Don Andrés Tirado, gran amigo de mi padre y de prácticamente todo el barrio. Don Andrés vivía en el número 8 de la calle y era un gran médico dermatólogo; mis recuerdos de él eran el de una persona alta, enjuta, de largos dedos y una actitud apacible, era difícil verlo enfadado. Todo el barrio alababa su disposición para atender a cualquier enfermo y suministrar gratis medicamentos a toda aquella persona de escasos recursos económicos; en la puerta de su casa una placa nos recuerda su labor humanitaria.

Justo al lado de la Bolera vivió Marta Serrano, sin par saetera alabada por todos los macarenos del barrio y los amantes de la saeta, un azulejo en la fachada de la que fuera su casa nos sigue recordando su cante.

Desgraciadamente sólo dispongo de dos o tres fotos de la vieja época, a medida que vaya consiguiendo más, las iré colocando en esta sección.

En los últimos años también se ha instalado en la calle La Hermandad del Rocio de La Macarena.

Ya casi al final de la calle, un azulejo nos recuerda la casa donde naciera Juanita Reina, de ella poco puedo decir que no se haya dicho en múltiples ocasiones, pero sé de algún columnista de un periódico local que podría estar horas y horas hablando de Juanita sin respirar.

No puedo dejar de referirme al peor periodo que ha sufrido la calle Parras y sus inmediaciones, a excepción por supuesto de la guerra civil y la post-guerra, me refiero a la década de los noventa; en esos años la expectativa de un enorme aumento en el precio de las viviendas devido al plan URBAN y a la cercanía de la Expo 92 empujó a un cierto número de constructoras a comprar compulsivamente el mayor número posible de inmuebles, la mayoría de ellos con inquilinos de edad avanzada, en el argot de los especuladores a estas personas se les llamaba "bichos", "he comprado cierto edificio en cierta calle, me ha salido muy barato pero tiene cuatro bichos" se le podía escuchar a algunos individuos trajeados. En pocos años esos "bichos" fueron muriendo, huyendo de las amenazas o engañados ofreciéndoles pisos en barriadas de mucho menos valor que las casas que dejaban; a resulta de ello, a finales de los noventa la calle Parras quedó prácticamente desierta y pocos años después todas las casa vacías fueron derribadas para convertirse en pisos de supuesto lujo. En aquella época muchos llamaban a la calle Parras "la calle de las obras", debido a ello La Macarena estuvo creo que cinco años sin entrar en Parras por Relator.
Con el nuevo milenio la calle vuelve a llenarse de nuevos vecinos, algunos más integrados en el barrio que otros, pero la mayoría buenos vecinos.













Aunque la nostalgia del tiempo y el espacio, me conmueva el alma, ver estas fotos me trae recuerdos felices (incluidos los olores) de la infancia. Vuelvo a mis pocos años, al polvillo del carbon, el olor del petroleo (que se vendia en botella), del pan, de las codornices del bar, del bar la bolera... Y me acuerdo de mi hermano jugando con sus amigos por esa calle, trayendo a casa siempre algo que se habia encontrado rebuscando con un palito por los muchos derribos de la zona.

(Comentario de Elisa Lopez Torronteras)


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