Pienso en mi barrio y me doy cuenta de lo mediáticas que han sido estas navidades. Calles cortadas porque un famoso de Hollywood estaba rodando una de esas malas películas que todo el mundo irá a ver. Y mi taberna favorita saliendo en el periódico y las televisiones porque los clientes pegamos cartas a los Reyes Magos por sus paredes.
Pero antes… se crea una nueva asociación de vecinos para contrarrestar a otra más antigua y más carca dominada por un grupito a los que nadie conoce y que consiguieron cientos de socios a base de mentiras y promesas de arreglar el barrio. Lo que no dijeron es que lo querían arreglar exclusivamente al gusto de esos que nadie conoce.
Pero antes… aparece un enorme excremento humano en la puerta de mi negocio y un indigente de la Plaza me dice que él vio al individuo en plena faena, que era otro de los sin-techo del barrio y que ya le había cantado las cuarentas para que no lo volviera a hacer (por cierto, no volvió a hacerlo) ¡bien por el grandullón de la litrona!
Pero antes… un malnacido del barrio, recién salido de la cárcel, apuñala con un destornillador en plena Plaza a otro vecino a causa de una discusión estúpida e impide que ninguno de los testigos se acerque para auxiliar al malherido que muere poco después en el hospital. El criminal ni siquiera huye e inmediatamente es detenido por la policía entre forcejeos. Ahora tiene pensión completa en la cárcel, no sabemos hasta cuando.
Pero antes… se va consolidando el mercadillo del Pumarejo donde se reúnen todos los sábados gente que disfruta del sol, la charla y la cervecita y puede que incluso compren algún libro o disco.
Pero antes… estamos un grupo de amigos junto al kiosco de prensa de la Plaza disfrutando de una cerveza la mañana de un 25 de diciembre soleado cuando del bar sale chillando una señora muy bien vestida, nos grita que quitemos inmediatamente un vaso de cerveza colocado sobre el techo de su coche, un vehículo de gran cilindrada aparcado en la misma puerta del bar en una zona reservada para las ambulancias, nos grita que el cerco dejado por el vaso va a tener que limpiarlo ella. La persona que puso el vaso lo retira inmediatamente y le dice a la señora que si tiene un pañuelito de papel le limpia la señal del vaso, pero la señora le grita que si le da un pañuelo sería para que se limpiara los mocos. De pronto sale el marido (supongo) y viendo la situación toma el relevo de la señora y comienza también a gritarnos, uno de nosotros intenta calmarlo y él le grita "tú te callas que contigo no es." Un señor mayor sale del bar, parece que es el padre de uno de los dos chillones, y él también nos grita: "¿ustedes sois los que queréis arreglar el barrio? valiente mierda." El marido nos mira desafiante como esperando a que uno de nosotros se arranque, pero como nadie lo hace, saca un paquete de tabaco recién comprado y con dedos temblorosos lo abre dejando caer los papeles de la envoltura al suelo, se mete en el coche, cierra con un portazo, arranca y se van. Todos nos miramos asombrados y de pronto rompemos a reír. No sé si importará, pero por aquel entonces al menos dos de nosotros teníamos melena.
Pero antes… un enorme despliegue policial desalojó el centro social okupado de Casas Viejas, dejando el barrio sin un centro alternativo donde ver cine, teatro y otros tipos de actividades culturales; porque, que yo sepa, eso es lo que hacían. Durante unos días el barrio se lleno de agentes uniformados como "Robocop" y salimos en todas las televisiones.
Pero antes… se crea la revista "la Cagá del Palomo." Una revista del barrio en la que cada vez irán colaborando más vecinos, enviando relatos, dibujos, opiniones y poemas. Ya lleva más de cuatro años editándose y suma y sigue.
Pero antes… el barrio es invadido por maquinaria, camiones y albañiles. Las calles están llenas de vallas y no dejan entrar ni a los pocos vecinos que aún vivimos allí. Los camiones entran unos detrás de otros estorbándose entre ellos, para que salga uno deben moverse tres o cuatro. A veces no hay camiones, pero como el ayuntamiento les han dado permiso para cortar el trafico por tiempo indeterminado los albañiles dejan las vallas puestas y aprovechan las calles para aparcar sus grandes coches en todo el medio y si les recriminas su actitud te gritan: "pues llama a los municipales" y si los llamas, a veces aparecen los guardias y recriminan a los albañiles y éstos a regañadientes retiran sus coches, pero cuando ven que el coche oficial se han ido, vuelven a colocar sus vehículos en las puertas de las obras y te miran de forma desafiante mientras tú te sientes estúpido. Incluso la misma calle Relator quedó cortada al tráfico durante más de un año a causa de unos andamios colocados para la ejecución de una obra; extrañamente en dicha obra no se movió ni un ladrillo durante casi todo el tiempo en que la calle estuvo cortada.
Pero antes… el barrio se había quedado desierto. Casi todos los amigos se han ido yendo a vivir a las barriadas. Casas donde antes vivían varias familias ahora no queda nadie o tan sólo resiste una persona mayor que se ha empeñado en morir en la calle donde vivió toda su vida; esas personas de pronto descubren que en las viviendas vacías que tienen alrededor llegan extraños individuos con unas pintas deplorables pero con las llaves de todas las viviendas vacías en su llavero, esos individuos comienzan robándoles la luz y terminan robándoles la tele, sus ahorros y las ganas de vivir. Cuando se les acaba la resistencia a esos viejos vecinos y deciden marcharse, aparece la policía para desalojar a los eventuales inquilinos y tras ellos aparecen los obreros de la constructora y tapian todas las puertas del inmueble. Y otro edificio más queda abandonado y listo para su demolición.
Pero antes… una mujer muy mayor entra en mi tienda, es una antigua clienta, se sienta en una de las sillas que tengo para ese propósito y rompe a llorar. Yo asustado le pregunto la razón del desazogado llanto y ella me cuenta su terrible historia: vive en una vieja casa de vecinos de protección oficial con una antigua y barata renta. Cierto día el ayuntamiento se pone en contacto con los inquilinos con la intención de ofrecerles la oportunidad de comprar sus viviendas a un precio más que razonable, creo que me dijo dos o tres millones de pesetas, pero la mujer vivía sola, con una pequeña paga de viuda y esa cifra le parecía totalmente inalcanzable, ella quería seguir como estaba durante lo poco que le quedara de vida, ni se planteo pedir el dinero prestado a un banco o un familiar. Pero a los pocos días apareció por su casa un joven trajeado, muy bien peinado, afeitado y perfumado. Le dio dos besos y acariciándole la mano la contó que se había enterado por otros vecinos lo que el ayuntamiento quería hacer con ellos: echarlos del barrio y eso él no lo iba a consentir porque la estaba viendo como a la madre que perdió siendo niño. La mujer viendo en el joven a un ángel del cielo le pidió consejo y él la tranquilizó diciéndole que estaba dispuesto a poner el dinero de su propio bolsillo para evitar el terrible destino de la mujer; prometió dedicar su vida para que ella siguiera viviendo en la misma casa y con la misma renta durante toda su vida. Al día siguiente se firmaron los papeles pertinentes y la mujer vio solucionados todos sus problemas a la vez que había encontrado el hijo que nunca tuvo. Pero unos meses después recibió una carta de una gran constructora conminándola a abandonar la vivienda ya que ellos eran los dueños del inmueble e iban a proceder a su demolición para la realización de pisos "de lujo" por lo que la mujer no tuvo mas remedio que irse del barrio. Vino a mi tienda a desahogarse y despedirse de mí; no sé que pasó con ella pues no volví a verla más.
Pero antes… Sevilla recibía con entusiasmo su elección como sede de la Exposición Universal de 1992. Nos dijeron que iban a construir muchas cosas pero nadie dijo lo que iban a destruir.
Pero antes… todo el barrio nos reuníamos en nuestros cines de verano. Mi habitual era el cine Ideal, ubicado en la Alameda de Hércules, casi detrás del Palacio de las Sirenas. Esos cines eran sitios de reunión de muchos vecinos: en las sillas de delante las familias con los niños y en las de detrás las pandillas de chavales aprovechando el anonimato que da la falta de ojos en el cogote de los que se sentaban delante para hacer las cosas que no se podían hacer a la vista de todos. No importaba la película que echaran, si era mala te reías de lo estúpidas que eran algunas escenas y si era buena te reías de lo bien que te lo habías pasado. Algunos salían del cine imitando a sus héroes favoritos, blandiendo un palo de fregona al igual que Espartaco manejaba su lanza o dando patadas al aire cual Bruce Lee de camino a casa.
Pero antes… dando un paseo en bici por detrás de la muralla de la Macarena me adelantaron dos chavales montados en una bici. El que iba de paquete saltó al suelo y agarrando firmemente el manillar de mi bicicleta me obligó a entregársela. Ya que me superaban en número y en edad no tuve más remedio que salir corriendo hacia La Bolera, donde sabía estaba mi padre charlando y bebiendo con sus amigos. Llegué allí hecho un flan y cuando les conté lo ocurrido uno de ellos me dijo que montara con él en la moto que tenía en la puerta y estuvimos un buen rato dando vueltas por el barrio buscando mi bici pero nunca más volví a verla ni a ella ni a los que me la robaron, serían de otro barrio. Mi bici no era gran cosa, mi padre la compró de una rifa que quedó desierta, pero durante mucho tiempo mi rostro se ensombrecía cuando pasaba por detrás de la muralla de la Macarena.
Pero antes… al salir del colegio era raro el día en que no parábamos en algún derribo del barrio donde se cazaban lagartijas, aprendíamos a hacer hogueras, se guardaban revistas "de tías en pelotas" como si fueran tesoros de piratas y se fumaban los primeros cigarros que alguien le había quitado a su padre. En cierta ocasión unos amigos descubrimos que en la cabina de teléfonos del Pumarejo, al darle unos golpes a la palanca donde se colgaba el auricular, caía alguna moneda que anteriormente hubiera quedado atrancada; la salida del colegio se convirtió entonces en una carrera de obstáculos para ver quien era el primero en llegar y llevarse el premio que generosamente nos obsequiaba la cabina. Un día el teléfono dejó de regalarnos monedas, imagino que algún técnico de Telefónica arregló el milagroso desperfecto.
Pero antes… los críos salíamos a la calle después de comernos un trozo de pan con chocolate y mientras aparecía alguien con una pelota jugábamos a "poli-ladro", al "cogé", a las bolas o al trompo, siempre según la moda que imperase en ese momento. Jugábamos al futbol utilizando como porterías dos portalones de madera que no se abrían nunca; lo malo es que los dos estaban situados en la misma acera, por lo que nuestro campo de futbol tenía forma de U, pero eso no nos importaba mucho; muy pocas veces teníamos que parar el partido puesto que pasaba algún coche por la calle. Los juegos callejeros duraban hasta que nuestras madres nos llamaban desde las ventanas para subir a cenar, a las que contestábamos con un "omá, un poquito má"
Pero antes… nos íbamos todos los domingos por la noche a cenar al patio de La Bolera; teníamos que llegar temprano para poder coger una de esas mesas de tijeras con sus correspondientes sillas de palo. Arribábamos allí con una fiambrera llena de tortillas y filetes empanados. El patio era un enorme solar al que se accedía desde el propio bar subiendo por unas escaleras, allí nos esperaban varios limoneros con los troncos encalados, creo recordar que también había un gran laurel y un sinfín de sillas y mesas sobre un suelo de albero recién regado, todo rodeado por unas altas tapias blancas. A veces cuando las mesas estaban plegadas y recogidas en montones contra las paredes los críos jugaban y corrían por el patio, saliendo de él empapados en sudor y con las ropas amarillas del albero pegado.
Pero antes… yo iba solo al colegio por primera vez en mi vida. Salía de la calle Parras, tiraba por Relator, cruzaba el "Espumarejo" (como le decíamos antiguamente), seguía por la calle Rubio (ahora Fray Diego de Cádiz), llegando a la muralla tiraba a la derecha por San Julián hasta llegar al Colegio Sor Ángela de la Cruz. Un tiempo después mi madre me confesó que los primeros días iba sigilosamente a unos metros detrás de mí para asegurarse de que no cometiera ninguna tontería, aunque yo nunca me di cuenta de ello.
Pero antes… en una habitación en penumbra observaba como el sol de primavera entraba por las rendijas de la persiana de madera iluminando las partículas suspendidas en el aire y con un esfuerzo vano intentaba cogerlas entre mis dedos.
Pero antes… nací yo.
Pero antes… mi barrio ya existía.